Prólogo. El avión nunca aterrizó
ilustraciónEn el verano de 1974 el físico Richard Feynman dio un discurso ante los graduados de Caltech y les habló de unas islas de los mares del Sur. Durante la guerra aterrizaban allí aviones militares, y de ellos se descargaban conservas, telas, herramientas y otros tesoros que los isleños nunca habían tenido. La guerra terminó y los aviones se fueron. Los isleños quisieron que volvieran e hicieron todo tal como se hacía cuando estaban. Despejaron una pista y encendieron hogueras a lo largo de ella, construyeron una choza de madera y sentaron dentro a un hombre con dos trozos de madera en la cabeza a modo de auriculares y unas cañas de bambú a modo de antenas, y luego se sentaron a esperar. Según Feynman, lo hacían todo bien, la forma era impecable y todo se veía exactamente como antes. Los aviones no aterrizaban.
Feynman llamó a esto ciencia de culto cargo y previno contra ella a los futuros científicos, a quienes también podía salirles una investigación con todos los rasgos externos de una verdadera, con artículos, gráficas y citas, pero sin carga. Del dinero no dijo una sola palabra en aquel discurso.
ilustraciónEl catorce de julio de 2010 apareció en Habr, el gran sitio tecnológico ruso, la nota “Bitcoin (฿): una criptomoneda entre pares”. Su autor, alizar, hablaba de la versión 0.3.0 del programa que un hombre que se hacía llamar Satoshi Nakamoto había subido a internet un año y medio antes. La nota prometía que la nueva moneda “no puede devaluarse por la política del Banco Central de ningún país” y que la emisión de monedas se detendría cuando llegaran a veintiún millones, y de paso admitía con honestidad que los bitcoins los aceptaban como pago “unos diez comerciantes”. Debajo se juntaron ciento setenta y cinco comentarios.
Leí la nota e instalé una billetera en mi MacBook Pro, el primero de quince pulgadas que Apple sacó con procesador Intel. Por entonces las monedas se extraían directamente en la billetera. Había una opción del menú que activaba la generación, y el procesador se ponía a probar números en busca del único que encajara con el siguiente bloque de registros. Por cada bloque encontrado la red entregaba cincuenta bitcoins. Activé la generación y me olvidé de ella. La laptop se calentaba como una plancha, y al cabo de un tiempo encontró dos bloques, así que en la billetera aparecieron cien bitcoins. Todos juntos valían menos que una cena en un café, y también me olvidé de ellos.
Quince años después, los analistas de la empresa Chainalysis calcularon que solo en 2025 llegaron a billeteras vinculadas con actividades delictivas no menos de US$ 154.000 millones, y ese mismo año el FBI recibió de los estadounidenses más de 180.000 denuncias de fraude con cripto, por más de US$ 11.000 millones. En la plataforma pump.fun cualquiera crea en un par de minutos su propia moneda, y cuando la firma Solidus Labs revisó siete millones de monedas emitidas allí en poco más de un año, más del noventa y ocho por ciento resultaron ser trampas, en las que el creador infla el precio, vende su parte a quienes le creyeron y desaparece. La época de las ICO, cuando los tokens se vendían con la promesa de un producto futuro, no fue mucho mejor, porque ya en 2018 los analistas de Satis Group calificaron de fraudulentos cerca de tres cuartas partes de los grandes proyectos.
La industria responde que el dinero delictivo representa cerca del uno por ciento de todo el volumen de la cripto, y la cifra es honesta. Solo que ese volumen está compuesto casi por entero de especulación, donde las mismas monedas cambian de dueño muchas veces al día, y el fraude en exchanges, ICO y memecoins pasa por billeteras perfectamente limpias y no entra en ese porcentaje en absoluto.
En esta historia participé yo mismo. El proyecto ChronoBank, donde primero escribí la arquitectura y luego fui director técnico, recaudó en su ICO del invierno de 2016–2017 cerca de US$ 5,4 millones. Con organizadores de otras ICO, rusas y extranjeras, y con creadores de esquemas piramidales de verdad me crucé directamente, casi siempre en Tailandia, que se volvió para esa gente lo mismo que Las Vegas para los jugadores.
archivoEl invento de Satoshi en sí era real. Durante más de veinte años los criptógrafos intentaron averiguar cómo desconocidos que no confían unos en otros podrían llevar un registro común de quién tiene cuánto dinero, sin un banco en medio, y siempre tropezaban con que alguien gastaría la misma moneda dos veces. Satoshi puso a competir las computadoras de los participantes en una búsqueda de números aparentemente absurda, de modo que reescribir el historial de pagos salía más caro que participar en él honestamente, y en 2010 yo miraba esa construcción con el entusiasmo con que un ingeniero mira una solución ajena a la que podría haber llegado él mismo y no llegó.
Las propiedades de este registro las apreció antes que nadie gente ajena a la criptografía. Un pago en bitcoins, una vez enviado, no se puede anular, el banco no lo ve, la frontera no significa nada para él, y para emitir una moneda nueva no hay que preguntarle a nadie. A una persona honesta con tarjeta bancaria todo esto le parecía un juguete curioso para nerds, pero aquel a quien el banco le negaba el servicio, a quien buscaba la policía o quien quería vender algo prohibido obtenía una salida que nunca había tenido.
En este registro el dinero pertenece a una clave, un largo número secreto, y una persona es dueña de él solo mientras ese número lo conozca únicamente ella. Quien perdió la clave dejó el dinero en el registro para siempre, sin dueño, y quien robó la clave se convierte en dueño legítimo, porque el registro no conoce a otro. Muchos años después, todo lo que vi en la cripto me cupo en tres palabras, “nadie tiene dinero”, y tienen doble sentido. En el primer sentido, el dueño de la cripto es cualquiera que conozca la clave en ese momento, y casi nunca es posible encontrarlo. En el segundo sentido, detrás de la mayoría de las monedas no hay nada más que cifras en una pantalla, y esas cifras valen lo que pague por ellas el próximo comprador.
En febrero de 2011, siete meses después de la nota en Habr, en la parte oculta de internet, a la que se entra con un navegador especial, abrió la tienda Silk Road, donde se vendían drogas a cambio de bitcoins. El invento de Satoshi tuvo sus primeros clientes, a quienes de verdad les hacía falta.