En Petersburgo hablábamos hasta la mañana: computadoras, foros de webmasters, lo que se podía sacar del tráfico. Ahí oí hablar por primera vez de una pequeña startup en Australia.
A mi segunda esposa y al hombre que me llevó a la cripto los conocí la misma noche, en una fiesta en un club de playa de la isla Krestovski. Los dos se llamaban Sasha, y eso después generó confusión en la agenda del teléfono. Yo acababa de divorciarme de mi primera esposa y, digamos, estaba redescubriendo la vida de soltero con todos sus placeres petersburgueses, incluido el polvo blanco, que en esos años consumía más seguido de lo que habría debido y que recuerdo sin nostalgia. Sashka se convirtió en mi esposa; Sasha Rugaev, en mi amigo.
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