De dónde salió el dólar digital
En 2014 unos emprendedores, entre ellos el exactor infantil Brock Pierce, lanzaron un token llamado Realcoin, que pronto pasó a llamarse Tether. Los bancos no querían trabajar con exchanges de cripto, y llevar dólares de verdad hasta ellos era lento y difícil. Tether ofreció USDT, un token que vive en la blockchain, pasa de un exchange a otro en minutos y vale siempre exactamente un dólar, porque por cada token la empresa supuestamente guarda un dólar de reserva (capítulo “El dólar que nadie ha visto”).
El “supuestamente” está bien puesto. La Commodity Futures Trading Commission descubrió después que, de junio a septiembre de 2017, la reserva de Tether nunca superó los 61,5 millones de dólares, mientras que en algún momento circulaban 442 millones de tokens. El dólar digital estaba respaldado con dólares reales a unos catorce centavos (mismo capítulo). Qué le pasa a un token así cuando los tenedores piden sus dólares de vuelta se ve en el experimento “Catorce centavos por dólar”.
Multas y ganancias
En febrero de 2021 Tether y Bitfinex, sin admitir culpa, pagaron 18,5 millones de dólares al estado de Nueva York y se comprometieron a publicar la composición de sus reservas. La fiscal general del estado, Letitia James, dijo que las afirmaciones de Tether de que su moneda siempre había estado totalmente respaldada en dólares eran mentira. En octubre la Commodity Futures Trading Commission sumó una multa de 41 millones (mismo capítulo).
Para una empresa que imprime dinero, eso era calderilla. En 2024 Tether ganó más de 13.000 millones de dólares netos, con unos cien empleados. Invierte el dinero de los clientes en bonos del Tesoro de Estados Unidos, oro y bitcoin y se queda con los intereses. Nunca ha tenido una auditoría completa de una de las cuatro mayores firmas del mundo (mismo capítulo). Un movimiento que quería liberar el dinero del dólar terminó criando a uno de los mayores compradores privados de deuda pública estadounidense.
Quién las necesita de verdad
Entre mediados de 2023 y mediados de 2024, más del sesenta por ciento de todas las operaciones con cripto en Argentina fueron en stablecoins. Los argentinos hacen lo mismo que sus abuelas hacían con dólares en efectivo, solo que con una aplicación en lugar del cambista (capítulo “Dólares para quien no los tiene”). En el año que arrancó en la primavera de 2023, los turcos compraron stablecoins por unos 38.000 millones de dólares, más del cuatro por ciento de toda la producción del país. En Nigeria las stablecoins eran cerca del cuarenta por ciento del mercado cripto, y en Caracas los precios se calculan a menudo en “dólares Binance” (mismo capítulo).
El segundo uso real son las remesas. Un migrante que manda 200 dólares a casa paga a los intermediarios, según el Banco Mundial, un 6,5 por ciento en promedio, y casi un nueve por ciento si los envía a África. Una transferencia en stablecoin tarda minutos y cuesta centavos (mismo capítulo). Millones de personas en países con dinero malo consiguieron acceso a dinero bueno. Pero ese dinero bueno no lo inventó Satoshi; es el dólar estadounidense, y la blockchain le sirve de sobre (mismo capítulo).
La otra cara
USDT lo emite una empresa privada, y puede congelar cualquier billetera en cualquier momento. Y lo hace cuando se lo pide el gobierno de Estados Unidos (mismo capítulo). Los ahorros de un argentino o de un nigeriano están en un dinero que emite una empresa con sede en El Salvador, y la última palabra sobre ese dinero la tiene el Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Las mismas propiedades que la gente honesta valora en una stablecoin las valoran también los estafadores. Las víctimas de la matanza del cerdo pagan casi siempre en cripto, sobre todo en USDT, porque la transferencia no se puede revertir y un banco de verdad haría preguntas (capítulo “La matanza del cerdo”). Más sobre ese esquema en la respuesta “Qué es la matanza del cerdo”.
